Reflexiones desde la primera línea de la revolución agéntica

El cambio inadvertido

Por primera vez en mucho tiempo, he tenido la sensación de encontrarme inmerso en un punto de inflexión. Desde mi incorporación a Berger-Levrault he asistido en primera línea a una transformación que avanza más deprisa de lo que la mayoría percibe y que está redibujando las reglas del mercado laboral y económico ante los ojos de quienes aún no la están mirando. Cada día nos está tocando cambiar las metodologías, los procesos, los productos y los roles, con la sensación de fugacidad y de incertidumbre de alguien que toma un rumbo nuevo sin mapa ni brújula, pero con la certeza de que quedarse quieto es la peor opción. En esta vorágine de cambios acelerados, he conseguido sacar unos instantes después de meses frenéticos para poder escribir estas reflexiones que espero sean de interés.

La gente que estamos en contacto directo y constante con todos los avances en IA creemos que todo el mundo vive en la burbuja, pero es una percepción errónea. Basta con tomar un café con amigos o una sobremesa familiar para darse cuenta de que aún hoy la difusión de las capacidades de la IA está muy lejos de su verdadero potencial. Buena parte de la gente de mi entorno sigue pensando en la IA como un chatbot, como una especie de Google vitaminado que sirve para hacer algún meme, refinar correos, consultas legales y de salud, hacer traducciones y dar alguna respuesta a una pregunta de un ejercicio o de un examen, pero que sigue cometiendo muchas alucinaciones y la calidad de las respuestas sigue estando al nivel de ese famoso vídeo de Will Smith comiendo espaguetis.

Pero lejos de ello, estamos inmersos en un giro radical en los procesos y una oleada disruptiva que sacude los cimientos del sistema económico moderno, basado en las economías digitales, que para mucha gente está pasando inadvertido y cuyo letargo amenaza con ser más breve, con un despertar más incierto y generalizado que las anteriores oleadas tecnológicas.

Muchos expertos apuntaban a 2025 como el año de los agentes. Lo cierto es que el inicio de la revolución agéntica se produjo cerrando el año de forma más abrupta de lo previsto, desembocando en un 2026 de vértigo, con avances que transforman el panorama casi a diario. De la noche a la mañana, todos los que trabajábamos con IA apreciamos un salto notable con la llegada de nuevos modelos con unas capacidades agénticas superiores, como Opus 4.5 o GPT-5.2, y la popularización de orquestadores como Claude Code o Codex, que ya estaban en el mercado, pero habían pasado desapercibidos por la falta de capacidades de los modelos anteriores, provocando un cambio de fase inmediato. Pasamos de golpe de sistemas erráticos de generación asistida por copilotos a flujos pseudoautónomos con verificación y aprendizaje continuo. No ha sido una transición gradual, fue un salto en la velocidad y una ventana de posibilidades descomunales que se abrió de golpe.

Primera disrupción: el valor del software

Tradicionalmente, el valor del software se ha fundamentado en el tiempo y el conocimiento. Su valor real radicaba en que, para disponer de una herramienta competitiva, necesitabas una cantidad ingente de horas, un expertise técnico y una disposición de capital que casi nadie tenía. Esto nos llevaba inevitablemente a las economías de escala: compañías que concentraban a ese personal cualificado y especializado, la infraestructura y el capital para diluir los enormes costes de desarrollo entre cientos o miles de clientes. Como usuario, no tenías dudas: por una cantidad razonable de dinero, transferías toda esa carga técnica y financiera a un tercero, que se encargaba de mantener la herramienta actualizada, solvente y competitiva.

La primera gran disrupción es que, de repente, cambian las tornas en el valor del software. El acceso y la capacidad de generar software se ha democratizado, el foso técnico se ha solventado a través de un puente de inmediatez que reduce al mínimo el valor de estas soluciones. Ese gap que hacía inviable el desarrollo propio se ha esfumado por la velocidad y el conocimiento que la IA inyecta en cada línea de código. Con un coste marginal casi nulo, el conocimiento del negocio en manos del consumidor y la mejora exponencial de los modelos, la dependencia de los proveedores tradicionales se desmorona, haciendo que sus modelos de negocio se tambaleen.

El SaaS está en días críticos. Hoy el valor del código es casi residual, importan otros factores que hasta ahora se consideraban complementarios como el expertise, el conocimiento de las necesidades del cliente y el soporte. El futuro no se define por la incapacidad técnica de fabricar la herramienta, gran limitante actual, sino por la comodidad de contratar algo y despreocuparte de las cuestiones de las que nadie habla más allá del desarrollo (despliegue, el conocimiento funcional, el hosting, la asistencia, consultoría e implantación, ciberseguridad…). En un mundo donde el software es abundante, el valor se desplaza de la propiedad del producto a la gestión integral del servicio.

Segunda disrupción: los roles

La segunda gran disrupción se produce en los roles. Esa frontera histórica entre los equipos de desarrollo y producto se ha difuminado hasta casi desaparecer. En el paradigma actual, el valor se ha desplazado hacia perfiles híbridos técnico-funcionales que combinan un conocimiento avanzado del negocio con un entendimiento técnico suficiente para orquestar soluciones. Es un perfil cuyo gap respecto al especialista técnico se ha reducido drásticamente gracias a la IA. Ya no buscamos expertos en parcelas cerradas, sino arquitectos transversales en equipos donde el dominio del negocio es la brújula principal.

Curiosamente, este cambio ha reequilibrado una balanza que siempre fue injusta. Históricamente, el perfil funcional era el eslabón más expuesto porque tenía un reemplazo más sencillo en el mercado laboral y carecía de ese foso técnico defensivo que protegía al desarrollador. Hoy las tornas han girado. Mientras la IA sigue mostrando más deficiencias en la parte funcional que en la técnica, la ejecución pura se convierte en una commodity. En este escenario, la capacidad de entender el objeto de negocio para guiar a ese superhumano que es la IA se vuelve el activo más valioso de toda la cadena.

Desigualdad en el acceso a oportunidades

Consecuencia de este cambio de paradigma es que aumenta notablemente la desigualdad en el acceso a oportunidades: los juniors lo van a tener cada vez más difícil para acceder a nuevas posiciones, pues las tareas de bajo valor añadido ya las hace una IA, mientras que los perfiles más senior se ven reforzados inicialmente, al ocupar las labores de supervisión, validación, arquitectura y expertise que todavía no ha sido canalizado a la IA del todo. No obstante, deben ir adaptándose a esta nueva realidad que exige pasar a un enfoque menos operativo y más estratégico. No asumir esta nueva realidad y anclarse en el desprecio al código generado por la IA o insistir en que siempre hará falta un conocimiento técnico profundo para sacar el máximo partido a estas herramientas es una posición que se vuelve más insostenible cada día y que puede llevar a la obsolescencia profesional.

Ser especialista en IA tampoco es la solución. Las técnicas complejas de ayer para exprimir los modelos se simplifican a un ritmo frenético. Aquellos roles efímeros que surgieron hace meses, como el AI Engineering o los expertos en prompting, prácticamente han desaparecido. La propia inteligencia de los modelos ha devorado la necesidad de esos intermediarios, dejando claro que el dominio técnico ya no es un refugio, sino una base que se da por sentada.

La vuelta al sentido común

En un escenario de capacidades infinitas, se necesita más que nunca algo que paradójicamente no abunda: el sentido común. Cuando la tecnología permite generar software de forma masiva y casi gratuita, la verdadera virtud es saber guiarse entre la abundancia. El reto ya no es construir, sino llevar el producto a buen puerto, adaptándolo a las necesidades reales del mercado sin caer en una parafernalia de opciones que saturen al usuario. No dejarse llevar por el exceso y centrarse en hacer un producto sencillo, intuitivo, útil, que le haga destacar entre la multitud de opciones que van a surgir, y que esté pensado para facilitar esa capa de servicio, que es donde realmente se va a generar el valor. Conocimiento del negocio y criterio, algo que parece tan sencillo y que, sin embargo, sigue siendo el activo más difícil de encontrar.

Reflexión personal

Escribo estas líneas bajo la experiencia increíble de estos meses coliderando proyectos con una notable transformación en procesos y productos. Me encuentro en un estado de curiosidad expectante por ver hacia dónde evoluciona esto. En nuestro sector es común decir que es imposible estar al día, pero ahora la curva de crecimiento es sencillamente inabarcable: esto está tomando la forma exponencial de una función sigmoide, y resulta imposible seguir el ritmo de los avances diarios. Dedico casi tanto tiempo a estar al día como a trabajar en los propios proyectos, y siento que aun así voy perdiendo hitos por el camino.

No puedo evitar sentir temor por el impacto inmediato en el mercado laboral. Veo roles desalineados con la realidad actual y posiciones que han quedado obsoletas de la noche a la mañana. Me preocupa especialmente la resistencia al cambio de quienes siguen anclados en el viejo torreón, defendiendo una posición de privilegio en un sistema que ya se ha desmoronado.

A medio plazo, estoy convencido de que nos dirigimos hacia un cambio total de paradigma económico y del contrato social. Mi esperanza es que la transición no sea tan lúgubre como se atisba y que seamos capaces de encauzar este salto tecnológico hacia el beneficio colectivo, en lugar de permitir que solo sirva para ensanchar una desigualdad que ya es alarmante.